En Sudamérica la experiencia de
clasificar a un Mundial de Fútbol puede resultar fascinante, infartante pero también dramática
y epopéyica. Definitivamente, estamos ante el torneo más fratricida y más interesante
del mundo, incluso por sobre la Champions League o la Eurocopa. A tal punto de
que cuando faltan siete fechas, Perú está octavo con 14 puntos con opciones de
clasificar a tres puntos de Ecuador, que se posiciona en el cuarto sitio –en
zona de clasificación directa– y de Chile, que está quinto, en zona de
repechaje –en esa posición por diferencia de gol–, ambos con 17 puntos. Asimismo,
un Uruguay con 23 puntos le respira en la nuca al líder, Brasil, con 24, y
Colombia, que asoma al aguaite con 18 puntos en el tercer lugar.
Este es un campeonato para guapos, donde
no hay que llorar y donde el rey no recibe medallas ni coronas. Aquí nadie sabe para quien trabaja, porque ni
siquiera en casa los puntos se consideran seguros, y un empate como el de Barranquilla
a veces vale más que un punto. Una igualdad que se concibió de una forma futbolística
no muy ortodoxa, pero para ir a un Mundial hay que sumar unidades y cuando se
clasifica, nadie pregunta si los partidos fueron feos o bonitos. Acuérdese de que
el empate en Barinas, con Azkargorta en la banca, también sumó para ir a Francia
1998.
Bien Juan Antonio Pizzi cuando se “desacartona”
y sigue sus propias convicciones tácticas. El “Macanudo” leyó defensivamente
bien el encuentro, porque sabía que no podía quemar todas las naves ante un
rival directo, y menos en condiciones climáticas que no favorecen el alto rendimiento.
La inclusión de José Pedro Fuenzalida fue un total acierto en su doble rol de
defensa y atacante. El jugador cruzado tuvo el triunfo en el segundo tiempo,
cuando mandó ancha una pelota que habitualmente en sus pies se convierte en
gol. Quizás el técnico debió arriesgar más en ataque con Valencia y Paredes,
sobre todo cuando los cafetaleros también evidenciaban cansancio y fatiga. Las
Clasificatorias son como la vida misma: un día se está arriba y al otro día
abajo, pero siempre hay que volver a empezar. El martes se escribe otro
capítulo frente a los charrúas, un rival a estas alturas clásico que cuando se
le gana, es casi media clasificación a una cita planetaria. Las camisetas rojas
tienen que volver a teñir el Nacional y las calles del país, porque Chile depende
de sí mismo y porque tiene que recuperar el fútbol que lo ungió dos veces
consecutivas como monarca continental. Aquí no regalan nada y no hay que
descuidarse ni mirar hacia detrás, porque aquí en Sudamérica hay que sudar para
ir al Mundial.
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